Siempre existe la posibilidad de abandonar

Jimena Sainz
Experta en Desarrollo humano y Directora de Buenas Practicas SRL
En esta edición presentamos a Jimena Sainz, experta en Talento Humano y Desarrollo Personal, profesional paceña cuya mirada combina el análisis estratégico con un profundo compromiso por el desarrollo económico, el liderazgo ciudadano y el futuro de Bolivia. La autora invita a replantear una de las decisiones más trascendentales de nuestro tiempo: abandonar ante la incertidumbre o convertirse en protagonista de la construcción del futuro.
Hay épocas en las que los paises enfrentan desafíos económicos, sociales y politicos’ que ponen a prueba mucho más que sus indicadores: ponen a prueba el carácter de su gente. En esos momentos emerge una pregunta que trasciende la coyuntura: ¿qué distingue a quienes deciden marcharse de quienes eligen quedarse para construir?
Cuando la incertidumbre se convierte en cultura
Bolivia, y particularmente La Paz, atraviesa uno de esos capítulos de incertidumbre donde resulta comprensible sentir temor, postergar decisiones, abandonar proyectos, o imaginar oportunidades, lejos del lugar que habitamos. Sin embargo, la historia demuestra de las ciudades y los países no se transforman cuando desaparecen las dificultades, sino cuando aparecen personas dispuestas a convertir la adversidad en un punto de partida. Los bloqueos, la polarización política, el desconcierto económico y el desgaste cotidiano han instalado una narrativa peligrosa: la cultura de la huida.
Hace algunos días leí el artículo “Todos Necesitamos Terapia” de E.M., quien describía con lucidez una característica muy nuestra: la tendencia a anticipar siempre el peor escenario posible. Comparto esa reflexión, y creo que existe un fenómeno aún más profundo, no sólo nos hemos acostumbrado al pesimismo; hemos empezado a normalizar la idea que, frente a cada dificultad, la mejor decisión es marcharse. Y, la verdad es que, quizá esa sea la narrativa que hoy nos conviene revisar.
Siempre existe la posibilidad de abandonar. Abandonar una empresa, un proyecto, una ciudad o un país. La historia demuestra que, frente a lo desconocido, siempre habrá razones suficientes para justificar la retirada. Sin embargo, las organizaciones extraordinarias, las economías sólidas y las sociedades que progresan nunca fueron construidas por quienes esperaron condiciones perfectas, sino por quienes decidieron actuar precisamente cuando el contexto era más desafiante.
Durante décadas confundimos bienestar con estabilidad y lo romantizamos porque nos ilustraron en la creencia que una buena vida era aquella donde todo estaba bajo control; que una buena economía era la que no atravesaba turbulencias; que una buena empresa era la que nunca enfrentaba crisis. Hoy por hoy, el management contemporáneo nos demuestra exactamente lo contrario. La volatilidad, la complejidad y el cambio dejaron de ser una excepción para convertirse en el escenario habitual de los negocios. El management dejó hace tiempo de perseguir la permanencia y en este presente busca adaptabilidad, velocidad de aprendizaje y confianza como ventaja competitiva. La incertidumbre ya no constituye una anomalía del mercado; constituye el mercado en sí mismo.
Entonces, ¿por qué seguimos esperando que todo mejore para recién decidir invertir, emprender o permanecer? Tal vez porque, sin darnos cuenta, nos hemos apegado a la fórmula mágica de una vida feliz, tranquila y sin incomodidades y cuando la estabilidad se convierte en la única condición para actuar, cualquier problema termina justificando la renuncia.
«Las organizaciones extraordinarias, las economías sólidas y las sociedades que progresan nunca fueron construidas por quienes esperaron condiciones perfectas, sino por quienes decidieron actuar precisamente cuando el contexto era más desafiante.»
La Paz una ciudad forjada en la adversidad
Como paceña, sería imposible decir que no conozco las vicisitudes que vivimos, también me afectan los bloqueos, “el no saber”, y las pérdidas que generan. Sería ingenuo negarlas. Pero también sé que esta ciudad nunca fue erigida desde la comodidad. La Paz nació desafiando la geografía y aprendió a crecer donde muchos sólo veían límites. Los paceños aprendimos a caminar cuesta arriba mucho antes de hacerlo como metáfora, quizá por eso nuestra mayor fortaleza nunca fue “lo cómodo”, siempre fue nuestra convicción y por sobre todo nuestro orgullo paceño.
Las circunstancias no forman el carácter; lo revelan. En tiempos de estabilidad cualquiera puede parecer un buen líder. Es en la complicación cuando descubrimos quién conserva la claridad, quién conserva la serenidad, quién inspira confianza y quién transforma la dificultad en una oportunidad para crear valor; exactamente lo mismo ocurre con las ciudades.
Reducir La Paz a sus conflictos sería desconocer aquello que históricamente la ha distinguido. Nuestra ciudad posee activos estratégicos que muchas capitales desearían tener: una identidad cultural única, un ecosistema emprendedor resiliente, una extraordinaria diversidad creativa y una infraestructura de movilidad reconocida internacionalmente. Pero su bien de mayor valor nunca fueron sus montañas ni su teleférico, siempre fue su gente; los chukutas. Quizá por eso existe un rasgo profundamente paceño que no siempre advertimos: nuestra capacidad para encontrar posibilidades donde otros únicamente encuentran inconvenientes. Hemos aprendido a emprender en la contingencia, a trabajar cuando las condiciones nunca son ideales y a convertir la adversidad en parte de nuestra ventaja, no porque disfrutemos las crisis, sino porque la historia de esta ciudad siempre nos retó.
El verdadero riesgo: perder la convicción
Un riesgo mucho más silencioso que la fuga de capitales o de talento. Es la fuga de convicciones. Los países no comienzan a deteriorarse únicamente cuando las personas emigran, empiezan a hacerlo cuando quienes permanecen dejan de creer que “vale la pena”” o el esfuerzo de seguir cimentando.
Migrar puede ser una decisión profundamente legítima cuando responde a un propósito personal o profesional. Lo que merece reflexión es convertir la huida en una respuesta automática frente a cualquier inseguridad. Ningún país ofrece estabilidad permanente; ninguna economía está libre de crisis; ningún mercado garantiza certezas absolutas. La diferencia nunca ha estado en el lugar, siempre ha estado en la calidad de las decisiones de quienes lo habitan, de quienes lo transitan.
«Los países no comienzan a deteriorarse únicamente cuando las personas emigran, empiezan a hacerlo cuando quienes permanecen dejan de creer que ‘vale la pena’.»
Liderar también es decidir quedarse
No se trata únicamente de resistir, se trata de entender que una ciudad deja de ser únicamente un territorio cuando sus ciudadanos comienzan a reconocerse como una comunidad de vida y destino.
Como empresarios, emprendedores y líderes, quizá ha llegado el momento de cambiar el relato. Menos profetas del desastre. Más personas dispuestas a diseñar el futuro, incluso cuando todavía no se ve con nitidez. Menos dependencia de condiciones ideales y más capacidad para generar confianza en escenarios imperfectos.
La Paz necesita inversión, productividad, innovación y liderazgo. Pero, sobre todo, necesita ciudadanos y empresarios que comprendan que la confianza también es una decisión y un activo estratégico. Las organizaciones no permanecen porque resisten la incertidumbre, permanecen porque desarrollan la capacidad de producir convicción en medio de ella.
Apostar por La Paz
Como paceña sigo creyendo que nuestro mayor patrimonio es la capacidad de nuestra gente, de su identidad para levantarse una vez más, de crear valor en el contratiempo y de encontrar oportunidades donde los pretextos pueden sobrar. La Paz no necesita nuestra vacilación, necesita una acción cívica decidida para seguir apostando por ella y acompañar, entre todos, su progreso.
Siempre existirá la posibilidad de abandonar. Esa opción estará disponible en cada crisis, en cada incertidumbre y en cada momento de desaliento. Lo verdaderamente extraordinario comienza cuando elegimos permanecer, aportar y convertir las dificultades en oportunidades para crear valor. Esa ha sido la historia de La Paz desde sus orígenes; quizá también deba ser su futuro.
Los paceños y las paceñas tenemos el potencial de transformar lo aparentemente imposible en nuevas vías. El desafío ahora consiste en que la convicción colectiva vuelva a convertirse en su mayor ventaja competitiva.
Al final, los paises y ciudades no son definidas por las crisis que enfrentan, sino por las personas que deciden escribir el siguiente capítulo de su historia. La Paz ha demostrado una y otra vez que sabe levantarse. La mayor fuga de un país nunca es la de sus ciudadanos, es la fuga de su esperanza organizada.
