Gestión del Talento HumanoMANAGEMENT EMPRESARIAL

El peaje de la pertenencia: ¿Cuánto talento pierde tu empresa por exigir a sus empleados que finjan ser quienes no son?

La conversación sobre la diversidad y la igualdad en las empresas suele centrarse en políticas visibles: cuotas, protocolos contra el acoso o permisos parentales. Sin embargo, existe una barrera mucho más sutil y profunda que determina quién progresa y quién se queda en el camino. No está escrita en ningún manual, pero se siente en cada reunión, en cada decisión y en cada interacción diaria. Hablamos del coste invisible de encajar, un peaje que pagamos, a menudo sin saberlo, para ser aceptados en la cultura de una organización.

Este peaje no lo cobra una persona con mala intención, sino un sistema de creencias aprendidas que replicamos de forma automática. Desde que nacemos, los entornos que habitamos —la familia, el colegio, el grupo de amigos— nos enseñan qué comportamientos son recompensados y cuáles son castigados. Llegamos a la empresa ya «adiestrados» para interpretar un papel que nos garantice la aceptación, y es ahí donde el verdadero coste comienza a acumularse.

La presión por encajar no es neutra en cuestión de género. Actúa como un guion no escrito que dicta cómo deben comportarse los hombres y las mujeres para ser considerados profesionales válidos y, lo que es más importante, «buenas personas» dentro del molde social.

Para muchos hombres, el mandato sigue siendo el de la masculinidad hegemónica: ser el pilar inquebrantable, el solucionador de problemas, el que nunca muestra fisuras. Aunque los discursos de recursos humanos promuevan la conciliación o la inteligencia emocional, el «arrastre cultural» dentro de la empresa suele penalizar a quien pide ayuda, a quien prioriza el cuidado de un familiar sobre una reunión tardía o a quien se atreve a mostrar vulnerabilidad. El resultado es una tensión interna silenciosa: el deseo de una vida más equilibrada choca de frente con el miedo a perder estatus, credibilidad o futuros ascensos. Esta represión emocional no solo les aísla, sino que empobrece la calidad de las relaciones y la toma de decisiones en los equipos.

«Cuando las personas invierten gran parte de su energía en encajar, en lugar de crear o liderar, las organizaciones pagan el precio en forma de menor innovación y pérdida de eficiencia colectiva.»

Para las mujeres, el guion es, si cabe, más agotador: el de la supermujer. Se espera de ellas que sean profesionales brillantes, pero sin descuidar ni un ápice su rol como madres, parejas y cuidadoras emocionales. La culpa, esa «mano invisible» que mencionan las expertas, opera como un eficaz sistema de control. Cuando una mujer prioriza un proyecto, puede sentir que falla en casa; cuando atiende una emergencia familiar, teme ser vista como poco comprometida. Según datos del INE, ellas dedican casi el doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico no remunerado, una mochila que cargan a diario. Para cumplir con las expectativas, muchas normalizan una sobrecarga que acaba erosionando su energía, su ambición y, finalmente, su vínculo con la empresa.

Cuando una parte significativa de la energía de los empleados se invierte en mantener una fachada, en leer entre líneas para no equivocarse o en gestionar la ansiedad de no cumplir con las expectativas, esa energía deja de estar disponible para crear, innovar o liderar.

Este desgaste tiene consecuencias muy tangibles. La Organización Mundial de la Salud ya alerta sobre el estrés laboral como uno de los grandes riesgos para la salud. Pero el impacto va más allá del bienestar individual. Estudios de Gallup demuestran que los equipos con baja seguridad psicológica —es decir, donde la gente teme ser ella misma— registran hasta un 18% más de rotación y un 37% más de absentismo. Cada vez que un talento valioso se marcha, la empresa asume el coste de su sustitución y la pérdida de conocimiento acumulado. La pregunta que toda organización debería hacerse no es solo «¿cuánto pagamos en nóminas?», sino «¿cuánto nos cuesta el talento que se va o el que nunca llega a florecer por culpa de este clima?».

Si la empresa es un sistema con su propia cultura, tiene la capacidad —y el poder— de rediseñar las reglas del juego. No se trata solo de implementar programas de bienestar, sino de intervenir en las reglas invisibles: ¿Qué comportamientos se premian realmente en el día a día? ¿Quién es señalado por ser «diferente»? ¿El líder da ejemplo mostrándose humano o exige a los demás lo que él no practica?

El cambio cultural empieza por el liderazgo, pero no desde el discurso, sino desde la coherencia. Cuando un equipo directivo se abre a compartir sus propias dificultades para conciliar o sus dudas profesionales, está dando un permiso implícito a toda la organización para que los demás hagan lo mismo. Este clima de autenticidad es la base de la confianza. Y la confianza, lejos de ser un valor blando, es un activo estratégico medible.

«Para los hombres, el mandato es ser el pilar inquebrantable. Para las mujeres, la exigencia es llegar a todo. La culpa opera como un mecanismo de control cultural silencioso pero devastador.»

    Las organizaciones con altos niveles de confianza y seguridad psicológica —como las que aparecen en los rankings de Best Place to Work— no solo tienen un 25% menos de rotación, sino que muestran un compromiso y unos resultados superiores de forma sostenida. En la misma línea, informes de McKinsey como Diversity Wins confirman que las empresas con mayor diversidad de género en puestos directivos tienen un 25% más de probabilidades de tener una rentabilidad por encima de la media.

    En definitiva, reducir el coste de fingir no es un acto de caridad empresarial. Es una decisión estratégica. Se trata de dejar de exigir a las personas que paguen un peaje tan alto por el simple hecho de pertenecer. Cuando una organización libera a su gente de la carga de tener que interpretar un papel, lo que obtiene a cambio es energía pura, capacidad de contribución real y una ventaja competitiva que sus rivales, atrapados en viejos moldes, no podrán replicar fácilmente. La igualdad y la autenticidad, al final, no son solo una cuestión de justicia; son el motor de un talento sin filtros.

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