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Del ajuste administrativo a la competitividad nacional: ¿Está Bolivia debilitando uno de sus motores económicos del futuro?

Javier Prieto Doria Medina
Estratega comercial, transformación digital y negocios


La reciente decisión del Gobierno de eliminar el Ministerio de Turismo Sostenible, Culturas, Folklore y Gastronomía ha sido presentada como parte de un proceso de racionalización del aparato estatal orientado a reducir costos y mejorar la eficiencia administrativa. Desde esa perspectiva, la medida puede interpretarse como un ajuste organizacional propio de un contexto económico complejo. Sin embargo, más allá del debate sobre el número de ministerios que debe tener un país, la discusión adquiere una dimensión mucho más profunda cuando se analiza desde la perspectiva del desarrollo económico y la competitividad.

La pregunta de fondo no es si Bolivia necesita uno o dos ministerios menos. La verdadera interrogante es si, en un momento de profundas transformaciones económicas y de agotamiento del modelo basado en los recursos naturales, el país está fortaleciendo o debilitando las capacidades estratégicas que necesitará para construir su crecimiento durante las próximas décadas. Ese es el verdadero debate.

Durante muchos años, el turismo fue considerado una actividad complementaria dentro de la economía nacional, asociada principalmente a la promoción cultural, el patrimonio histórico o el desarrollo regional. Sin embargo, la economía mundial ha cambiado profundamente. Hoy el turismo constituye una de las industrias con mayor capacidad para generar divisas, empleo, inversión y desarrollo territorial, articulando sectores tan diversos como el transporte, la hotelería, la gastronomía, el comercio, la producción agrícola, las industrias creativas, la tecnología y los servicios profesionales. Por ello, el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC) estima que esta actividad representa alrededor del 10 % del Producto Interno Bruto mundial, genera aproximadamente uno de cada diez empleos y aporta cerca del 7 % de las exportaciones globales cuando se consideran sus efectos directos e indirectos.

“El turismo constituye una de las industrias con mayor capacidad para generar divisas, empleo, inversión y desarrollo territorial.”

Estos datos explican por qué numerosos países dejaron de entender el turismo únicamente como una actividad recreativa para convertirlo en un eje estratégico de su política económica. Costa Rica transformó su biodiversidad en una ventaja competitiva internacional y hoy el turismo constituye una de sus principales fuentes de ingreso de divisas. Perú consolidó una estrategia que integró patrimonio histórico, gastronomía y promoción internacional, convirtiendo al sector en uno de los principales motores de empleo y desarrollo regional. Colombia, por su parte, incorporó el turismo dentro de su estrategia nacional de competitividad, fortaleciendo la infraestructura, la conectividad y el posicionamiento de su marca país. En todos estos casos existe un denominador común: el éxito no provino únicamente de la riqueza natural o cultural, sino de la existencia de instituciones capaces de coordinar políticas públicas, atraer inversiones y sostener una visión de largo plazo.

Bolivia parecía avanzar en esa dirección. Con el acompañamiento del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el país inició la construcción del Plan Maestro de Turismo Sostenible 2026 – 2035, concebido como una hoja de ruta para consolidar al turismo como uno de los pilares de la diversificación económica nacional. La elaboración del plan incorporó la participación de gobiernos subnacionales, sector privado, comunidades y organismos internacionales, reflejando precisamente el carácter transversal que tiene esta actividad dentro del desarrollo económico. La reorganización institucional abre ahora una interrogante legítima sobre la continuidad, el liderazgo y la capacidad de ejecución de esa visión estratégica.

La preocupación resulta aún más relevante si se considera la coyuntura reciente. Los bloqueos registrados durante más de un mes ocasionaron pérdidas estimadas en alrededor de Bs 1.100 millones para las actividades vinculadas al turismo y la gastronomía, afectando aproximadamente 90.000 fuentes de empleo, según estimaciones oficiales. Más allá de la magnitud de las cifras, estos datos ponen en evidencia que el turismo ya no constituye un sector marginal de la economía boliviana. Su desempeño impacta directamente sobre miles de pequeñas empresas, emprendimientos familiares, operadores turísticos, productores locales, artesanos, restaurantes y prestadores de servicios distribuidos en prácticamente todo el territorio nacional.

“Los bloqueos registrados durante más de un mes ocasionaron pérdidas estimadas en alrededor de Bs 1.100 millones.”

Al mismo tiempo, la industria turística atraviesa una transformación tecnológica sin precedentes. Los destinos ya no compiten únicamente por la belleza de sus paisajes o la riqueza de su patrimonio; compiten por su capacidad para posicionarse en plataformas digitales, gestionar su reputación en línea, utilizar inteligencia artificial para personalizar experiencias, analizar datos sobre el comportamiento de los visitantes y facilitar reservas mediante herramientas de comercio electrónico. En consecuencia, el turismo ya forma parte de la economía digital, de la economía naranja y, cada vez con mayor claridad, de la economía del conocimiento.

Precisamente por ello, el riesgo derivado de la desaparición de una estructura institucional específica no debe analizarse únicamente desde una perspectiva administrativa. El verdadero riesgo consiste en perder capacidad de coordinación estratégica en un sector que demanda planificación, promoción internacional, infraestructura, conectividad, innovación, formación de talento humano y articulación permanente entre el Estado, el sector privado y la cooperación internacional. La competitividad de una industria de estas características difícilmente surge de manera espontánea; requiere instituciones sólidas y políticas públicas consistentes que trasciendan los periodos gubernamentales.

En un escenario donde Bolivia necesita construir nuevas fuentes de crecimiento tras la pérdida de dinamismo de los hidrocarburos, el turismo representa una oportunidad que va mucho más allá de la actividad económica tradicional. Constituye una plataforma para exportar servicios, generar divisas, fortalecer las economías regionales, impulsar el emprendimiento, preservar el patrimonio cultural y proyectar una imagen competitiva del país en los mercados internacionales. Reducir estructuras administrativas puede contribuir a mejorar la eficiencia del Estado; sin embargo, debilitar capacidades estratégicas puede limitar precisamente aquellas oportunidades que serán determinantes para el desarrollo futuro.

“El turismo deja de ser una política sectorial para convertirse en una política de Estado.”

Si Bolivia aspira a construir una economía más innovadora, competitiva y basada en el conocimiento, deberá entender que el verdadero desarrollo no depende únicamente de administrar mejor sus recursos naturales, sino de potenciar estratégicamente aquellos sectores capaces de transformar el talento, la cultura y la identidad del país en oportunidades de crecimiento sostenible. En ese desafío, el turismo deja de ser una política sectorial para convertirse en una política de Estado.

El verdadero desafío, por tanto, no consiste en definir cuántos ministerios necesita Bolivia, sino en decidir qué sectores liderarán la transición hacia una economía más diversificada, innovadora y competitiva. Si el país aspira a construir un modelo de desarrollo basado en el conocimiento, la innovación y la generación de valor, deberá comprender que el turismo ha dejado de ser una política sectorial para convertirse en una política de Estado. El verdadero desarrollo no dependerá únicamente de administrar mejor los recursos naturales, sino de fortalecer estratégicamente aquellos sectores capaces de transformar el patrimonio, la cultura, la creatividad y el talento de los bolivianos en oportunidades de crecimiento sostenible.

Porque, al final, las naciones que prosperarán en las próximas décadas no serán aquellas que simplemente administren mejor sus recursos naturales, sino aquellas capaces de transformar su patrimonio, su cultura y el talento de su gente en ventajas competitivas sostenibles.

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