Cuando KFC decidió que el pollo frito también sabe mejor en formato gomita

No es la primera vez que KFC coquetea con lo excéntrico. La marca ha fabricado velas que huelen a pollo crujiente, ha lanzado al mercado una pasta de dientes —presumiblemente para quitar el rastro del pollo— e incluso ha diseñado colecciones de ropa ready-to-wear con su característico estampado de rayas rojas y blancas. Pero su último movimiento tiene un componente casi surrealista: han convertido su menú en gomitas.
“No es fruta, no es ácido cítrico: es gravy, maíz dulce y pollo frito en formato caramelo. KFC acaba de convertir su menú en gomitas.”
La compañía anunció oficialmente el lanzamiento de Colonel’s Favorite Jelly Beans, una línea de caramelos masticables desarrollada en alianza con Frankford Candy, uno de los fabricantes de golosinas más tradicionales de Estados Unidos. El producto, que había sido adelantado hace algunas semanas, ya está disponible y propone una experiencia sensorial que no pasa desapercibida.
El menú de KFC ahora cabe en una bolsa de caramelos
A diferencia de las clásicas gomitas de frutas que dominan el pasillo de dulces, esta propuesta apuesta por lo salado, lo umami y lo inquietantemente familiar. El paquete incluye tres sabores que replican —con saborizantes artificiales, aclara la marca— los perfiles del pollo frito, el maíz dulce y la salsa gravy. Sí, exactamente los mismos que se sirven en baldes desde 1952.
La compañía describe el resultado como una combinación “dulce-salada” que promete descolocar a cualquier paladar no entrenado. No se trata de un simple capricho de marketing: la textura gomosa y los sabores inspirados en platos calientes representan un giro radical dentro de una categoría dominada por el azúcar, los ácidos cítricos y los colores neón.
Según declaraciones de Frankford Candy, estas gomitas buscan posicionarse como un producto multipropósito: desde relleno para cestas de Pascua hasta detalle original para regalo. En otras palabras, aspiran a ser el equivalente comestible de una conversación incómoda pero memorable.
Más allá de la rareza: una jugada con peso de mercado
Resulta tentador encasillar este lanzamiento como una simple anécdota de marketing. Pero hacerlo sería subestimar la estrategia que hay detrás. La incursión de KFC en el universo de las golosinas no responde únicamente al deseo de sorprender a sus seguidores más fieles; también se inscribe en una tendencia clara de expansión hacia el mercado global de confitería.
De acuerdo con proyecciones de Data Bridge Market Research, este sector alcanzó un valor aproximado de 252.510 millones de dólares en 2024 y se espera que supere los 343.990 millones para 2032. En ese contexto, una colaboración entre una marca de fast food y un fabricante tradicional como Frankford Candy no es solo un gesto lúdico: es una apuesta por ocupar espacio en la góndola, literalmente.
“La gomita de pollo frito no busca reemplazar al balde familiar. Busca ser el regalo incómodo del que todo el mundo va a hablar.”
Además, el lanzamiento evidencia un movimiento más amplio dentro de la industria alimentaria: la disolución de las fronteras entre categorías. Hoy, una cadena de pollo frito puede competir —así sea simbólicamente— con marcas centenarias de caramelos, siempre que logre capitalizar la nostalgia, la curiosidad y el factor sorpresa.
Gomitas que incomodan, pero se recuerdan
Lo más interesante de Colonel’s Favorite Jelly Beans no es su sabor exacto a gravy —que, seamos honestos, difícilmente será indistinguible del original—, sino la decisión de existir. En un ecosistema donde los consumidores están expuestos a cientos de lanzamientos al año, KFC ha entendido que ya no basta con ofrecer un producto mejor; hay que ofrecer uno que se recuerde.
El pollo frito en formato caramelo no va a reemplazar al menú clásico. Tampoco busca hacerlo. Pero convierte a la marca en un tema de conversación, en un hallazgo de TikTok, en el regalo incómodo que alguien lleva a una reunión familiar. Y en esa incomodidad radica su verdadero éxito.
Las gomitas ya pueden adquirirse en la tienda oficial de Frankford Candy, en Amazon y en otros puntos de venta autorizados a un precio de 10 dólares por paquete. Queda por ver si el público está realmente preparado para una gominola que sabe a cena completa. Pero si algo ha demostrado KFC en estos años, es que el límite entre lo absurdo y lo brillante es, al final, una cuestión de sazón.
