El Alto reactiva comercio con Alasita 2026

El inicio de año en El Alto no lo marca el calendario fiscal, sino el pulso de su economía popular. La edición 2026 de la feria de Alasita cerró con un movimiento estimado en Bs 35 millones, una cifra que trasciende el ámbito cultural y confirma su rol como catalizador comercial en el primer trimestre.
El dato no es menor en un contexto de desaceleración del consumo en varios segmentos urbanos del país. El incremento respecto a la gestión anterior sugiere una recuperación en la capacidad de gasto de los hogares y una mayor circulación de liquidez en circuitos informales y semi-formales. La feria, con cerca de 3.000 expositores durante tres semanas, opera como un microecosistema donde confluyen producción artesanal, comercio minorista y servicios urbanos.
“La feria de Alasita 2026 generó un movimiento económico estimado en 35 millones de bolivianos, superando la cifra de la gestión anterior.”
Más allá del volumen de ventas en miniaturas —su producto emblemático—, el impacto se distribuye en una red más amplia. Gastronomía, transporte, alquiler de espacios y provisión de insumos registran picos de actividad asociados directamente al evento. Esto convierte a Alasita en un mecanismo de activación transversal que genera empleo temporal y dinamiza cadenas cortas de suministro en un periodo tradicionalmente sensible para el comercio.
La concentración geográfica en la avenida La Paz y alrededores de la plaza Juana Azurduy de Padilla también revela otra dimensión: la feria funciona como polo de atracción económica que redistribuye flujo de consumidores dentro de la ciudad. En términos urbanos, implica presión logística, ocupación intensiva del espacio público y una reorganización temporal de la actividad comercial formal e informal.
“Cerca de 3.000 expositores participaron durante tres semanas, ampliando el alcance comercial más allá de la artesanía tradicional.”
Desde una perspectiva estructural, los Bs 35 millones representan más que ventas acumuladas. Son una señal de la resiliencia del modelo de economía popular en El Alto, donde el emprendimiento familiar y la producción artesanal siguen siendo pilares de ingreso. En ausencia de grandes inversiones industriales o corporativas en la urbe, este tipo de eventos actúa como amortiguador económico y refuerza el tejido productivo local.
El cierre con la tradicional jornada de remate marca el fin operativo, pero no el impacto residual. Para muchos actores, los ingresos generados en estas semanas condicionan capital de trabajo, reposición de inventario y capacidad de inversión para el resto del año. En ese sentido, Alasita no es únicamente una tradición cultural; es un instrumento cíclico de capitalización.
De cara a las próximas ediciones, el desafío será sostener el crecimiento en un entorno macroeconómico más exigente y con restricciones de liquidez más visibles. Si la feria mantiene su capacidad de convocatoria y escalamiento comercial, podría consolidarse no solo como símbolo identitario, sino como referencia de cómo la economía popular urbana compensa, en parte, las limitaciones estructurales del mercado formal.
