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El Gigante Cervecero Ajusta su Brújula: Lo que Revela el Plan de Heineken para 2026

Cuando una compañía con 87.000 empleados anuncia la salida de casi el 7% de su fuerza laboral, la primera lectura suele centrarse en el ajuste de cinturón. Pero en el caso de Heineken, el movimiento anunciado en febrero de 2026 revela un diagnóstico más complejo sobre el estado del mercado cervecero global y los nuevos equilibrios de poder en la industria.

«El volumen total de cerveza vendida cayó un 1,2%, pero el beneficio operativo creció un 4,4%. Heineken sacrifica cantidad para ganar en margen.»

La multinacional neerlandesa proyecta eliminar entre 5.000 y 6.000 posiciones en dos años, con Europa como el escenario más probable de los recortes. Lo paradójico es que esto ocurre mientras sus márgenes operativos mejoran y cierra 2025 con un beneficio neto ajustado de 2.700 millones de euros, un 4,9% superior al año anterior. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción?

Durante décadas, la salud de las cerveceras se medía en hectolitros. Cuantos más, mejor. Pero Heineken está demostrando que en 2026 la ecuación es diferente: se puede vender menos cerveza y ganar más dinero.

El volumen total cayó un 1,2% en 2025, hasta los 282 millones de hectolitros. Sin embargo, el beneficio operativo creció un 4,4% gracias a una combinación de disciplina de costes, eficiencia productiva y un portafolio con mayor presencia de marcas premium. Dicho de otro modo: Heineken está sacrificando volumen bruto en el segmento masivo para concentrarse en cervezas con mayor margen.

Este fenómeno no es homogéneo. Los mercados que tradicionalmente han sido el motor de la compañía —Europa, Estados Unidos y Brasil— mostraron una debilidad preocupante. El consumidor de estos países, golpeado por la inflación acumulada y cambios en hábitos de consumo, está optando por bebidas alternativas, reduciendo frecuencia o simplemente migrando a opciones más económicas.

Frente a esto, la respuesta de Heineken no es únicamente defensiva. El recorte de personal se enmarca en lo que la compañía denomina “aceleración de productividad a escala”, un plan que espera generar 500 millones de euros en ahorros brutos mediante cambios estructurales, no solo reducción de nómina.

Mientras Europa recibe el impacto del ajuste laboral, Centroamérica emerge como el polo de crecimiento más dinámico de la multinacional. La adquisición de los negocios de bebidas y tiendas de FIFCO en la región —la compra más importante de Heineken en más de diez años— no podría haber llegado en mejor momento.

La operación, ya concretada operativamente en 2026, convierte a Heineken Centroamérica —con base en Costa Rica— en un actor con escala suficiente para disputar el dominio regional. No se trata solo de sumar capacidad instalada: la integración permite distribuir marcas globales a través de una red logística mucho más capilar, al tiempo que incorpora portafolios locales con arraigo profundo en cada país.

«Europa, Estados Unidos y Brasil, los mercados históricamente más fuertes de Heineken, fueron precisamente los que mostraron mayor debilidad en ventas.»

Este movimiento tiene un efecto inmediato en las proyecciones financieras. La compañía espera que la adquisición aporte positivamente al beneficio por acción desde el primer año, algo poco frecuente en operaciones de esta magnitud. En un contexto donde los mercados maduros se estancan, la apuesta centroamericana funciona como contrapeso geográfico y demuestra que el crecimiento sigue siendo posible cuando se eligen bien los frentes de batalla.

Uno de los elementos más intrigantes de este proceso es la salida de Dolf van den Brink, anunciada en enero de 2026 y efectiva en los próximos meses. El ejecutivo, que lideró la compañía durante casi seis años, describió su gestión como un período de navegación en “aguas económica y políticamente turbulentas”.

Van den Brink dejará Heineken después de implementar precisamente el plan de ajuste que ahora se anuncia, pero antes de ver sus resultados completos. Su legado es mixto: por un lado, logró mantener o aumentar cuota de mercado en más del 60% de los países donde opera; por otro, entrega una compañía que sigue dependiendo de mercados volátiles y que enfrenta una guerra silenciosa con AB InBev por cada punto de participación.

El hecho de que un CEO decida anunciar su salida y simultáneamente pilotar un recorte masivo de empleo sugiere que la decisión llevaba tiempo madurándose. En su comunicado de despedida, Van den Brink fue explícito: su prioridad es dejar una estructura “lo más sólida posible”. La interpretación es clara: lo que viene después requerirá una compañía más ágil, menos lastrada por estructuras pesadas y con capacidad de reacción rápida.

Para 2026, Heineken proyecta un aumento del beneficio operativo de entre el 2% y el 6%. Es una horquilla conservadora, condicionada a que el entorno económico global no empeore y que la presión de costes —especialmente en África, donde la inflación y la volatilidad cambiaria son crónicas— no termine comiéndose los márgenes.

La compañía insiste en que el mercado cervecero seguirá siendo “incierto”. Esta advertencia, repetida por Van den Brink en su última presentación de resultados, es también una declaración de principios: Heineken deja atrás la época de las proyecciones optimistas y las expansiones indiscriminadas.

«El CEO Dolf van den Brink dejará el cargo después de pilotar el ajuste más profundo de la última década: ‘Mi prioridad es dejar a Heineken en la posición más sólida posible’.»

El recorte de empleos, visto en perspectiva, no es una medida de emergencia. Es una reconfiguración estructural que busca alinear el tamaño de la organización con una realidad donde el crecimiento ya no será lineal ni estará garantizado por la simple inercia del mercado. Las cerveceras globales están aprendiendo a navegar sin el viento a favor. Heineken acaba de mostrar cómo planea hacerlo.