El oro supera US$ 5.000 ante riesgo geopolítico

El mercado energético vuelve a operar bajo lógica geopolítica. El repunte del crudo Brent hasta US$ 71,66 por barril y del WTI hasta US$ 66,43, tras un salto acumulado superior al 4% en la jornada previa, no responde a un desbalance inmediato de oferta y demanda, sino a la reactivación de una prima de riesgo vinculada a la tensión entre Estados Unidos e Irán. En paralelo, el oro superó nuevamente los US$ 5.000 por onza, confirmando que el nerviosismo trasciende el mercado energético.
La clave no está en lo que ha ocurrido, sino en lo que podría ocurrir. Las negociaciones nucleares en Ginebra coinciden con el desplazamiento de activos militares estadounidenses hacia Medio Oriente y con declaraciones públicas que evidencian desacuerdos sobre “líneas rojas”. El mercado, históricamente escéptico frente a episodios diplomáticos tensos, comienza a valorar un escenario donde la fricción pueda traducirse en disrupción física del suministro.
“Aproximadamente 20 millones de barriles diarios, equivalentes al 20% del consumo mundial, transitan por el Estrecho de Ormuz, la arteria más sensible del mercado energético global.”
Ese punto crítico tiene nombre propio: el estrecho de Ormuz. Por esa vía transitan cerca de 20 millones de barriles diarios, equivalentes a aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo. No se trata solo de la producción iraní, sino de la arteria logística que conecta a varios productores del Golfo con los mercados asiáticos y europeos. Cuando la amenaza involucra un nodo que concentra semejante volumen, incluso una interrupción limitada altera las expectativas de precio.
Irán no es un actor marginal en el tablero energético. Más allá de su volumen de exportación directa, su ubicación geográfica le otorga capacidad de influencia desproporcionada sobre el flujo global. Para países como China, que absorben parte relevante del crudo iraní, cualquier restricción tendría implicaciones estratégicas. El mercado internaliza no solo el riesgo de conflicto, sino el riesgo de tránsito.
El movimiento del oro refuerza esa lectura. Aunque en semanas previas el metal había mostrado volatilidad atípica, más cercana a un activo especulativo que a un refugio clásico, el retorno sobre el umbral de US$ 5.000 sugiere que los inversionistas vuelven a priorizar cobertura frente a shocks macroeconómicos. El comportamiento simultáneo de petróleo y oro indica que la preocupación no es sectorial, sino sistémica.
“El oro superó nuevamente los US$ 5.000 por onza troy tras un alza del 2%, reflejando una renovada búsqueda de refugio ante el riesgo geopolítico.”
Las implicaciones exceden el mercado de materias primas. Un encarecimiento sostenido del crudo impacta directamente en los costos de transporte, manufactura y energía, presionando los índices de precios al consumidor. En un contexto donde la inflación sigue siendo un tema central para gobiernos y bancos centrales, un shock petrolero podría ralentizar o reducir los recortes de tasas previstos para este año. Esa expectativa ya se reflejó en el retroceso de los principales índices bursátiles estadounidenses, con caídas en el Dow Jones, el S&P 500 y el Nasdaq.
El precedente reciente es ilustrativo. En junio, cuando la confrontación entre Israel e Irán escaló y Estados Unidos ejecutó ataques contra instalaciones nucleares iraníes, el petróleo reaccionó al alza, pero retrocedió cuando la tensión disminuyó y no se materializó el cierre del estrecho. El mercado aprendió que la retórica no siempre deriva en interrupción. Sin embargo, cada nuevo episodio incrementa la sensibilidad y reduce el umbral de tolerancia al riesgo.
“Un shock en el suministro podría acelerar la inflación global y limitar los recortes de tasas por parte de los principales bancos centrales.”
Lo que está en juego no es solo la estabilidad de precios, sino la credibilidad de la arquitectura energética global. Si el flujo por Ormuz se percibe vulnerable, las empresas intensificarán estrategias de cobertura, diversificación de suministro y acumulación de inventarios. A nivel macro, un shock prolongado podría redefinir prioridades de política monetaria y fiscal en economías dependientes de importaciones energéticas.
Por ahora, el alza refleja probabilidad, no interrupción efectiva. Pero cuando el mercado comienza a incorporar escenarios extremos en la formación de precios, la geopolítica deja de ser un ruido de fondo y se convierte en variable estructural. En esa transición se define el verdadero alcance económico de la tensión entre Washington y Teherán.
