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Luce y el Legado Táctil: Por qué Ferrari y Jony Ive desafían la dictadura de la pantalla en la era eléctrica

En una era donde la industria automotriz compite por ver quién integra la pantalla más grande o el asistente de voz más locuaz, Ferrari ha decidido moverse en la dirección opuesta. Y lo ha hecho de la mano de un aliado inesperado: Jony Ive, el hombre que durante dos décadas moldeó la estética minimalista de Apple.

El proyecto «Luce» —el interior del primer Ferrari completamente eléctrico— no es simplemente una declaración de sostenibilidad. Es una tesis de diseño. Una que sostiene que, en el segmento del lujo extremo, la tecnología no debe ser protagonista, sino vehículo de la emoción. Este artículo analiza los pilares de esta filosofía y cómo podría redefinir las reglas del automovilismo de alta gama.

Lo primero que sorprende de «Luce» no es su ausencia de emisiones, sino su abundancia de texturas. La colaboración entre LoveFrom y el Centro Stile Ferrari ha dado como resultado un habitáculo donde el aluminio reciclado, el cristal y la artesanía italiana conviven sin jerarquías.

«La cabina no busca aislar al conductor del mundo, sino hacerle sentir cada decisión mecánica.»

Mientras Tesla o Mercedes compiten en gigantismos digitales, Ferrari apuesta por lo opuesto: reducir la interfaz para amplificar la conexión. La cabina no busca aislar al conductor del mundo, sino hacerle sentir cada decisión mecánica. Aquí, el minimalismo no es frío como el de Cupertino; es cálido, casi escultórico. Es un espacio pensado tanto para ser mirado como para ser tocado.

El punto más disruptivo de «Luce» es su declaración de guerra a la digitalización intrusiva. En un contexto donde hasta los ajustes de aire acondicionado se esconden tras menús táctiles, Ferrari reintroduce el control físico como un placer, no como una limitación.

Jony Ive ha aplicado aquí una lección aprendida en Apple: la interfaz más intuitiva es la que desaparece. Los mandos, inspirados en la precisión de la Fórmula 1 y la claridad de la instrumentación aeronáutica, no compiten por la atención del conductor; la sirven.

Pero hay un matiz crucial que diferencia este enfoque del复古ismo: no se trata de rechazar la tecnología, sino de digerirla. Cada control analógico ha sido rediseñado para ofrecer una respuesta háptica precisa, convirtiendo una simple pulsación en un evento sensorial.

Uno de los hallazgos más fascinantes del proyecto «Luce» es la transformación del acto de arranque en una experiencia performática. La llave de cristal Gorilla Glass no es un gadget; es una pieza de joyería funcional.

«Una llave de cristal Gorilla Glass transforma el arranque del motor eléctrico en una coreografía de luces y arte performativo.»

Al insertarse en la consola, despliega una secuencia lumínica que anticipa el viaje. Es un gesto deliberadamente cinematográfico que recuerda que, en Ferrari, la emoción comienza antes del movimiento. Este tipo de detalles elevan la propiedad del vehículo a la categoría de pertenencia a un club exclusivo, donde la funcionalidad y el arte se funden.

A menudo, la electrificación en el lujo se ha vendido como un sacrificio estético o acústico. Ferrari, sin embargo, ha utilizado «Luce» para demostrar que la sostenibilidad puede ser tan exclusiva como la tradición.

El uso de aluminio 100% reciclado en el volante no responde a una obligación corporativa, sino a una búsqueda estética: presentar el material en su estado más puro, sin enmascarar su origen. Esta honestidad material, combinada con técnicas artesanales de los talleres de Maranello, genera un contraste poderoso entre la innovación técnica y la calidez del trabajo manual.

El gran desafío de cualquier deportivo eléctrico es crear carácter sin el rugido del motor de combustión. Ferrari, bajo la curaduría de Jony Ive, ha respondido con una solución audaz: si no hay ruido que emocione, que emocione el tacto, la luz y el gesto.

«Luce» no es solo el primer Ferrari eléctrico. Es la demostración de que, en el lujo absoluto, la tecnología debe ser invisible, la artesanía debe ser evidente y la conducción debe seguir siendo, por encima de todo, un placer de los sentidos.