Mundial 2026 podría duplicar las emisiones de Qatar

La expansión del Mundial 2026 expone una contradicción cada vez más visible en la economía global del deporte: mientras las organizaciones deportivas buscan ampliar audiencias, ingresos y alcance internacional, los costos ambientales de esa expansión comienzan a convertirse en una variable estratégica imposible de ignorar.
El torneo organizado por Estados Unidos, México y Canadá no solo marcará un récord por la participación de 48 selecciones y 104 partidos. También podría convertirse en el Mundial con la mayor huella de carbono registrada hasta la fecha, un dato que traslada la discusión desde el terreno deportivo hacia el ámbito de la sostenibilidad corporativa, la gobernanza y la responsabilidad climática.
Las estimaciones elaboradas por la plataforma de contabilidad de carbono Greenly sitúan las emisiones potenciales del torneo en aproximadamente 7,8 millones de toneladas métricas de CO₂, más del doble de las reportadas para Qatar 2022. La cifra equivale a las emisiones anuales de países completos o de millones de vehículos en circulación, una dimensión que convierte al Mundial en un caso de estudio sobre los límites ambientales de los megaeventos globales.
“El Mundial 2026 podría alcanzar 7,8 millones de toneladas métricas de CO₂, una cifra superior al doble de las emisiones atribuidas a Qatar 2022.”
El dato más relevante no está únicamente en el volumen de emisiones, sino en su composición. A diferencia de Qatar, donde gran parte del impacto ambiental estuvo asociado a la construcción de nueva infraestructura deportiva, el Mundial 2026 aprovechará estadios ya existentes. Esta decisión reduce significativamente el peso de las emisiones derivadas de obras civiles, pero desplaza el problema hacia otro frente: la movilidad. Según los análisis disponibles, cerca del 87% de la huella de carbono proyectada provendrá de los desplazamientos de aficionados, equipos, patrocinadores, medios de comunicación y personal operativo a través de un territorio que abarca tres países y 16 ciudades sede.
Este cambio revela una transformación más profunda en la forma en que se evalúa la sostenibilidad de los grandes eventos. Durante años, la atención estuvo concentrada en la construcción de estadios y obras de infraestructura. Sin embargo, el Mundial 2026 demuestra que la logística, la conectividad aérea y la dispersión geográfica pueden convertirse en factores ambientales mucho más determinantes que el cemento y el acero. La utilización de activos existentes reduce un problema, pero no necesariamente disminuye el impacto total del evento.
La situación también coloca bajo presión los compromisos climáticos asumidos por la FIFA. La organización se comprometió a reducir sus emisiones en un 50% hacia 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono para 2040. Sin embargo, diversos especialistas han señalado que el torneo carece de una meta específica de reducción de emisiones, lo que alimenta interrogantes sobre la coherencia entre las ambiciones de crecimiento del fútbol global y los objetivos climáticos que hoy exigen inversionistas, gobiernos y organismos multilaterales.
“Cerca del 87% de la huella de carbono proyectada provendría de los desplazamientos entre tres países y 16 ciudades sede.”
Más allá del fútbol, el debate refleja una tendencia que afecta a múltiples industrias. Sectores como el turismo, la aviación, el entretenimiento y la organización de eventos enfrentan una presión creciente para demostrar que el crecimiento económico puede coexistir con procesos de descarbonización. En este contexto, el Mundial 2026 funciona como una vitrina global donde se pondrán a prueba modelos de movilidad, estrategias de compensación de emisiones y mecanismos de rendición de cuentas climáticas.
La relevancia del caso radica en que el desafío ya no se limita a reducir impactos operativos. La discusión gira ahora en torno al diseño mismo de los eventos internacionales. Cuanto más ambiciosos son en escala, alcance geográfico y participación, más complejo resulta alinearlos con los objetivos climáticos globales. El Mundial 2026 podría convertirse en el ejemplo más visible de esa tensión.
El resultado final trascenderá el rendimiento de las selecciones en el campo. Lo que estará en evaluación es si los grandes espectáculos internacionales pueden seguir expandiéndose bajo los parámetros actuales o si la sostenibilidad comenzará a redefinir la manera en que se planifican, financian y ejecutan los eventos globales de las próximas décadas.
