Tres enfermeras: “Varios domingos no estamos en casa y debemos atender hasta 30 pacientes a la vez”

Son mujeres, algunas amas de casa, esposas, hijas y llevan el nombre de su vocación desde el momento que decidieron estudiar para el servicio: enfermeras. Tres de ellas, a nombre de sus colegas, decidieron compartir cómo fue que decidieron estudiar esta carrera, los desafíos, las gratificaciones -pocas- y su grandioso aporte a la sociedad a propósito del Día Internacional de la Enfermera que se celebra el 12 de mayo en conmemoración del nacimiento de Florence Nightingale, considerada la madre de la enfermería moderna.

Según datos del INE, en Bolivia existen 29.961 personas registradas como enfermeras, de las cuales un 90% son mujeres y un 10% varones. Así también, ese mismo reporte, muestra que, un 53% de los profesionales que se dedican a esta vocación tienen cónyuge, hijos y más de un 95% hablan el idioma español como principal lengua.

Clara: “Las enfermeras aprendimos a trabajar en equipo”

A sus 15 años, Clara Rodríguez Manzaneda estaba convencida de qué vocación elegir. Mientras acompañaba a un familiar en un hospital vio de cerca el esmero que tenían las enfermeras y decidió seguir esa misma carrera. Ha pasado más de 20 años de aquel momento y Clara ha mantenido firme su convicción.

Actualmente ella trabaja como jefe de Suministro de la Caja Nacional de Salud en La Paz. Ella cumple con varios turnos al mes y uno de los días que más se estresa es los viernes porque debe alistar el equipamiento y todas las notas para los turneros de fin de semana.

Clara asegura que desde la universidad aprendió a trabajar en equipo. Cada día deben coordinar con el médico, los administrativos, los pacientes, sus familiares y, por supuesto, su propio hogar. “Si eres enfermera clínica acostumbras en tu casa que varios domingos del mes no vas a estar y muchas veces coincide con el cumpleaños de tu hijo, una boda, una reunión familiar y no puedes estar. La vida se organiza según el rol de trabajo”, explica.

En una de las olas, Clara tuvo que afrontar el COVID-19. Su primera preocupación era llevar el virus a su familia. Ella segura que fueron días muy difíciles. Clara fue asignada para tratar a pacientes con Deficiencias inmunológicas. “Teníamos que tener doble precaución para evitar que nada los contamine. Era mucho más sacrificado que cuidar a niños”, narra.

¿Volvería a elegir la carrera? Ella dice que sí. Le motiva mucho la gratitud de los pacientes o cuando ve una enfermera experimentada dispuesta a enseñar. “Solo pedimos a la población que nos tengan paciencia. A veces nos toca atender hasta 30 pacientes en un turno y cada uno tiene su propia particularidad. Rogamos que tengan empatía”.

Luisa: “No se duerme bien, no se come bien, pero hay gratitud”

María Luisa Valdivia camina cada día entre personas que están batallando entre la vida y la muerte. Ella trabaja como enfermera en el área de Terapia en la Caja Nacional de Salud (CNS) de Santa Cruz.

Ella dice que eligió esta vocación porque veía estabilidad laboral y porque “al crecer la población también se demandan mayor cantidad de personal de salud”. Durante su formación sintió de cerca el apoyo de sus padres y de sus docentes que le enseñaron con paciencia cada detalle de esta noble labor.

Pese a las faltas de insumo que deben afrontar cada semana, ella dice que la profesión tiene retribuciones que no se ven pero que son muy valiosas. “Los pacientes muchas veces nos agradecen en la calle, la familia nos extiende la mano y eso realmente motiva”, explica.

Por el estrés de trabajo, las y los enfermeros muchas veces no duermen bien, no comen bien, pero, desde el punto de vista de Luisa, existe cierta estabilidad laboral el cumplimiento de los salarios y, por supuesto, la gratitud de las personas que hacen de esta vocación llevadera.  “Cada semana es agotadora. Hay que vencer diariamente muchos desafíos. Cada paciente tiene su propio historial y carácter. Por eso uno espera el fin de semana para estar con la familia y amarlos a cada minuto”, explica.

Irma: “Tenemos que mantenernos sanas y fuertes para seguir ayudando”

Irma Medrano es la jefa de enfermería del Hospital Viedma en Cochabamba. Cuando a ella le dio COVID-19 se internó y sola se fue colocando el tratamiento porque sus colegas hacían todo lo posible para ayudar a la mayor cantidad de pacientes, en los picos que alcanzaron las olas.

Irma asegura que la persona que marcó su formación y afianzó su vocación fue su esposo. Ella decidió estudiar enfermería a sus 18 años. Ya lleva más de dos décadas ejerciendo esta profesión y asegura que la principal retribución viene por tres lados: cuando el paciente se recupera y expresa su gratitud, cuando uno ayuda a reducir el sufrimiento de una persona y se siente muy útil y el atributo solidario que hay en esta vocación para extender la mano a cada paciente aún en momentos difíciles.

“Las enfermeras en Bolivia realizan una gran labor. Tienen que lidiar en primer lugar con los síntomas y la evolución de una enfermedad, tienen que mantenerse fuertes y sanas y, sobre todo, tener ese espíritu solidario para seguir ayudando a los pacientes”, explica.

Irma asegura que, pese a que cuesta lidiar con las deficiencias que existe en el sistema y la burocracia, ellas intentan atender con el mayor esmero a cada uno de los pacientes. “Es difícil afrontar muchos desafíos, por ejemplo, cuando no se tiene la tecnología para afrontar una enfermedad, cuando una sola persona debe atender a más de 30 pacientes y también cuando ya la persona está en etapa terminal y médicamente no hay mucho más que hacer. Duele y desespera y trataos de ayudar con todo lo que podemos”, comenta con pesar.

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