Del gas al conocimiento: cómo Bolivia puede construir el crecimiento de la próxima década

Javier Prieto Doria Medina
Estratega comercial, transformación digital y negocios
Durante más de dos décadas, el gas natural fue el principal motor del crecimiento económico de Bolivia. Sus exportaciones fortalecieron las finanzas públicas, impulsaron la inversión estatal y permitieron sostener una estabilidad macroeconómica que marcó buena parte del desarrollo reciente del país. Sin embargo, ese ciclo comienza a mostrar señales evidentes de agotamiento, no solo por la mala administración – gestión, sino también; por el despilfarro del mismo.
Hoy, Bolivia enfrenta uno de los momentos económicos más complejos de las últimas décadas. Las proyecciones para 2026 reflejan la magnitud del desafío: mientras el Gobierno estima un crecimiento inferior al 1% y la CEPAL proyecta apenas un 0,5%, organismos como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional advierten incluso una posible contracción superior al 3% si persisten los actuales desequilibrios macroeconómicos.
Más allá de las diferencias entre estimaciones, todas coinciden en un mismo diagnóstico: el modelo económico boliviano atraviesa una transición estructural. La discusión ya no debe centrarse únicamente en cuánto crecerá el país este año, sino en una pregunta mucho más trascendente: ¿de dónde provendrá el crecimiento económico de Bolivia durante la próxima década?
La respuesta no pasa por encontrar un nuevo recurso natural. Pasa por construir una economía más diversificada, innovadora y competitiva.
Un modelo económico bajo presión
La desaceleración que experimenta Bolivia no responde a un único factor. Es el resultado de varios desequilibrios que se han acumulado durante los últimos años.
La escasez de divisas continúa afectando la importación de insumos, maquinaria, tecnología y combustibles, incrementando los costos de producción y limitando la capacidad operativa de numerosos sectores. A ello se suma la disminución sostenida de la producción y exportación de gas natural, que durante años constituyó una de las principales fuentes de ingreso de divisas y recursos fiscales.
El panorama se complementa con déficits fiscales persistentes, mayores necesidades de financiamiento, presiones inflacionarias, menor inversión privada y un deterioro progresivo de la confianza empresarial. Estos factores no representan únicamente indicadores macroeconómicos; impactan directamente sobre la productividad, la generación de empleo y la competitividad del país.
Cuando disminuyen las divisas, no solo se restringen las importaciones; también se limita la capacidad de crecer.
Durante décadas, Bolivia encontró en los hidrocarburos una fuente importante de estabilidad. Pero ninguna economía puede sostener su desarrollo dependiendo de un solo sector. La historia demuestra que los ciclos de bonanza terminan, mientras que las economías que logran diversificarse construyen ventajas competitivas mucho más sostenibles.
«Las naciones no cambian cuando descubren nuevos recursos; cambian cuando desarrollan nuevas capacidades.»
La riqueza del siglo XXI ya no se extrae; se crea
Los países que hoy lideran la economía mundial entendieron esta transformación hace varias décadas.
Corea del Sur pasó de ser una economía agrícola a convertirse en una potencia tecnológica. Singapur, sin recursos naturales significativos, apostó por la educación, la logística y los servicios de alto valor agregado. Israel transformó la innovación en una política de Estado y hoy concentra uno de los ecosistemas tecnológicos más dinámicos del mundo.
Ninguno de ellos construyó su prosperidad únicamente sobre materias primas. La construyó sobre productividad, conocimiento e innovación.
Como afirmaba el economista y Premio Nobel Paul Romer, «el conocimiento es el único recurso que aumenta cuando se comparte». Esa afirmación resume el nuevo paradigma económico global.
Los recursos naturales impulsan economías; la innovación construye naciones competitivas.
¿Dónde están las oportunidades para Bolivia?
La buena noticia es que Bolivia posee activos con un enorme potencial para convertirse en nuevos motores de crecimiento, siempre que exista una visión estratégica de largo plazo.
El primero es la economía digital.
El comercio electrónico, la exportación de servicios profesionales, el desarrollo de software, las plataformas digitales y la inteligencia artificial permiten acceder a mercados internacionales sin las limitaciones geográficas tradicionales. Hoy, un desarrollador, un diseñador, un consultor o un especialista boliviano pueden exportar conocimiento desde cualquier ciudad del país.
En un contexto de restricciones externas, la economía digital ofrece una ventaja diferencial: genera valor principalmente a partir del talento.
Los dólares del futuro no provendrán únicamente de lo que Bolivia extraiga; también llegarán de lo que sea capaz de crear y vender al mundo.
El segundo motor es la agroindustria con valor agregado. Bolivia posee un enorme potencial agrícola, pero el desafío ya no consiste únicamente en producir más, sino en transformar esa producción mediante innovación, tecnología, trazabilidad y procesos industriales que incrementen su valor en los mercados internacionales.
El tercero es el turismo inteligente. En una economía digital, la competitividad turística depende tanto de la calidad de los destinos como de la capacidad para promocionarlos, comercializarlos y posicionarlos globalmente mediante plataformas digitales.
El cuarto motor es la economía del conocimiento. La demanda mundial de servicios tecnológicos, análisis de datos, inteligencia artificial y soluciones digitales continúa creciendo a un ritmo superior al de muchas industrias tradicionales. Para Bolivia, esto representa una oportunidad para exportar talento antes que materias primas.
«La verdadera riqueza de Bolivia ya no dependerá de lo que extraiga de la tierra, sino de lo que sea capaz de construir con el talento de su gente.»
El verdadero recurso estratégico
Sin embargo, ninguna de estas oportunidades será sostenible sin una apuesta decidida por el desarrollo del capital humano.
El recurso estratégico más importante de Bolivia ya no debe medirse únicamente en metros cúbicos de gas o toneladas de minerales. Debe medirse en la capacidad de formar personas preparadas para competir en una economía basada en el conocimiento.
Esto implica fortalecer la educación con énfasis en habilidades digitales, programación, inteligencia artificial, análisis de datos, idiomas, innovación y emprendimiento.
Paralelamente, será indispensable avanzar en cuatro líneas estratégicas: ampliar la inclusión financiera digital, acelerar la transformación tecnológica de empresas e instituciones públicas, simplificar la regulación para fomentar la formalización y fortalecer la infraestructura digital en todo el territorio.
Como señalaba Michael Porter, la competitividad de una nación depende de la productividad con la que utiliza sus recursos, no simplemente de la cantidad de recursos que posee.
Ese es precisamente el desafío que enfrenta Bolivia.
Un nuevo ciclo para el país
La historia económica demuestra que los países que logran prosperar no son necesariamente aquellos con mayores recursos naturales, sino aquellos capaces de adaptarse a los cambios tecnológicos y productivos.
Bolivia no enfrenta únicamente la disminución de un recurso natural. Enfrenta el cierre de un modelo económico que durante décadas sostuvo buena parte de su crecimiento.
Las próximas decisiones definirán si el país continúa dependiendo de ciclos cada vez más inciertos o si construye una economía basada en productividad, innovación, talento y competitividad.
Porque la verdadera riqueza de una nación ya no depende exclusivamente de lo que existe bajo el suelo, sino de lo que es capaz de construir sobre él. Y quizás esa sea la mayor oportunidad de Bolivia: comprender que el crecimiento de la próxima década no vendrá de reemplazar un recurso natural por otro, sino de transformar el conocimiento en productividad, la innovación en competitividad y el talento de su gente en el principal motor del desarrollo sostenible.
